domingo, 26 de diciembre de 2010

Himno al amor

Por más que haga frío y no haya cánticos,
en el momento justo germinan
las hierbas
en la nevada tierra blanca;
es como escuchar el canto de un ave
solitaria.
Al salir de su ensueño, poco a poco,
el bosque,
cuando se mece el río y el viento leve
llega del sur, entonces
a la hora indicada y en la que creemos,
mensajera del tiempo más bello,
del suelo rudo, agreste, surge total,
solitario,
más importante y suave
que cualquiera,
el amor, hijo de Dios y sólo de Dios.

¡Que seas bendita, planta celestial
que haces brotar canciones, tú, a quien
nutre con energía savia
el elixir del Éter
y madura la luz de la creación!

¡Llega al bosque, con más alma,
colmado por su plenitud!
Idioma de los que se aman,
¡Sé bendita en todos los lugares!
¡Que tu alma se alce como el grito
del pueblo!

Friedrich Hölderlin

lunes, 6 de diciembre de 2010

Sin título...

Yo, la estatua de mármol con cabeza de fuego
apagando mis sienes en frío y blanco ruedo...
Engarzad en un gesto de palmera o de astro
vuestro cuerpo, esa hipnótica alhaja de alabastro,
tallada a besos puros y bruñida en la edad;
sereno, tal habiendo la luna por coraza;
blanco, más que si fuerais la espuma de la Raza,
y desde el tabernáculo de vuestra castidad
elevad a mí lises hondos de vuestra alma;
mi sombra besará vuestro manto de calma,
que creciendo, creciendo, me envolverá con vos.
Luego será mi carne en la vuestra perdida...;
luego será mi alma en la vuestra diluida...;
luego será la gloria ...y seremos un dios.
—Amor de blanco y frío,
amor de estatuas, lirios, astros, dioses...,
¡Tú me lo des, Dios mío!.

Delmira Agustini

martes, 30 de noviembre de 2010

Voy a dormir

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...

Alfonsina Storni

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Último poema que escribió antes de internarse en el mar.


sábado, 13 de noviembre de 2010

Lo que siento por ti

Lo que siento por ti es tan difícil.
No es de rosas abriéndose en el aire,
es de rosas abriéndose en el agua.

Lo que siento por ti. Esto que rueda
o se quiebra con tantos gestos tuyos
o que con tus palabras despedazas
y que luego incorporas en un gesto
y me invade en las horas amarillas
y me deja una dulce sed doblada.

Lo que siento por ti, tan doloroso
como pobre luz de las estrellas
que llega dolorida y fatigada.

Lo que siento por ti, y que sin embargo
anda tanto que a veces no te llega.

Idea Vilariño

sábado, 6 de noviembre de 2010

Poema Boceto Inconcluso de Delmira Agustini

A veces, cuando el amado y yo soñamos en silencio,
-un silencio agudo y profundo como el acecho
de un sonido insólito y misterioso-
siento como si su alma y la mía corrieran lejanamente,
por yo no sé qué tierras nunca vistas,
en un raudal potente y rumoroso…

lunes, 1 de noviembre de 2010

Pasión

¡Oh! No es, no, mi carne, la que sufre el martirio
Es mi alma, mi alma tan blanca como un lirio
A veces, y otras veces, como una brasa, roja,
La que sufre la angustia y toda se deshoja.

En lágrimas salobres con un gusto de hiel.
En lágrimas amargas que dejan en la piel
De mi rostro moreno, cual maléfico riesgo,
Un rastro calcinante como un surco de fuego.

Es mi alma, ¡mi alma!, que sufre la tortura
Y se exalta en extraña ansiedad de ternura
Lo mismo que su hermana Teresa de Jesús.

Es mi alma, ¡mi alma!, que desea una cruz
De amor grande y doliente, de pasión y martirio.
¡Mi alma roja y blanca, de rosal y de lirio!

Juana de Ibarbourou

martes, 19 de octubre de 2010

¡Oh, Cristo!

Ya no hay un dolor humano que no sea mi dolor;
ya ningunos ojos lloran, ya ningún alma se angustia
sin que yo me angustie y llore;
ya mi corazón es lámpara fiel de todas las vigilias,
¡oh, Cristo!
En vano busco en los hondos escondrijos de mi ser
para encontrar algún odio: nadie puede herirme ya
sino de piedad y amor. Todos son yo, yo soy todos,
¡oh, Cristo!

¡Que importan males o bienes! Para mí todos son bienes.
El rosal no tiene espinas: para mí sólo da rosas.
¿Rosas de pasión?‚ ¡Que importa! Rosas de celeste esencia,
purpúreas como la sangre que vertiste por nosotros,
¡oh, Cristo!

Amado Nervo

viernes, 8 de octubre de 2010

Thais santificada

Bendita la herida que llaga mi planta.
Bendita la angustia que borró mi risa.
Mi boca es más pura desde que no canta
Y mis pies llagados andan más de prisa.

Bendita la saya de burda arpillera
Que en mi piel dibuja pardas rosaduras.
Hoy soy más dichosa que lo que antes era
Entre mis tapices y mis colgaduras.

Benditos los negros brazaletes largos
De a cuerda ruda que hirió mis muñecas.
Me saben a mieles los jugos amargos
Y en éxtasis beso mis dos manos secas.

Carroña yo he hecho del cuerpo menguado
Que con siete inmundos chacales dormía.
Los siete chacales rojos del pecado
Que paseé triunfantes por Alejandría.

Estiércol yo he hecho de la carne loca
Que en largas orgías fatigó su nardo.
¡Y hoy un lirio de oro floreció en mi boca
Y a mis pies, sumiso, se ovilló un leopardo!

A mi alma, pura por la penitencia,
Ha llegado el soplo claro de la gracia.
¡Y un rosal se eleva de mi pestilencia
Y un halo corona mi cabeza lacia!

Juana de Ibarbourou

martes, 21 de septiembre de 2010

La espera

¡Oh lino, madura, que quiero tejer
sábanas del lecho donde dormirá
mi amante, que pronto, pronto tornará
(Con la primavera tiene que volver.)

¡Oh rosa, tu prieto capullo despliega!
Has de ser el pomo que arome su estancia.
Concentra colores, recoge fragancia,
dilata tus poros, que mi amante llega.

Trabaré con grillo de oro sus piernas,
cadenas livianas del más limpio acero,
encargué con prisa, con prisa al herrero
Amor, que las hace brillantes y eternas.

Y sembré amapolas en toda la huerta.
¡Que nunca recuerde caminos ni sendas!
Fatiga: en sus nervios aprieta tus vendas.
Molicie: sé el perro que guarde la puerta.

Juana de Ibarbourou


viernes, 17 de septiembre de 2010

Soneto III

Áspero amor, violeta coronada de espinas,
matorral entre tantas pasiones erizado,
lanza de los dolores, corola de la cólera,
por qué caminos y cómo te dirigiste a mi alma?

Por qué precipitaste tu fuego doloroso,
de pronto, entre las hojas frías de mi camino?
Quién te enseñó los pasos que hasta mí te llevaron?
Qué flor, qué piedra, qué humo mostraron mi morada?

Lo cierto es que tembló la noche pavorosa,
el alba llenó todas las copas con su vino
y el sol estableció su presencia celeste,

mientras que el cruel amor me cercaba sin tregua
hasta que lacerándome con espadas y espinas
abrió en mi corazón un camino quemante.

Pablo Neruda

lunes, 13 de septiembre de 2010

Desde lejos

En el silencio siento pasar hora tras hora
como un cortejo lento, acompasado y frío
¡Ah, cuando tú estás lejos de mi alma todo llora,
y al rumor de tus pasos hasta en sueños sonrío!

Yo sé que volverás, que brillará otra aurora
en mi horizonte grave como un sueño sombrío;
revivirá en mis bosques tu gran risa sonora
que los cruzaba alegre como el cristal de un río.

Un día, al encontrarnos tristes en el camino
yo puse entre tus manos mi pálido destino.
¡Y nada más hermoso jamás han de ofrecerte!

Mi alma es, frente a tu alma, como el mar frente al cielo:
pasarán entre ellas, cual la sombra de un vuelo,
la Tormenta y el Tiempo y la Vida y la Muerte!

Delmira Agustini

viernes, 3 de septiembre de 2010

Preciosa y el aire

Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene
por un anfibio sendero
de cristales y laureles.
El silencio sin estrellas,
huyendo del sonsonete,
cae donde el mar bate y canta
su noche llena de peces.
En los picos de la sierra
los carabineros duermen
guardando las blancas torres
donde viven los ingleses.
Y los gitanos del agua
levantan por distraerse,
glorietas de caracolas
y ramas de pino verde.

*

Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene.
Al verla se ha levantado
el viento que nunca duerme.
San Cristobalón desnudo,
lleno de lenguas celestes,
mira la niña tocando
una dulce gaita ausente.

Niña, deja que levante
tu vestido para verte.
Abre en mis dedos antiguos
la rosa azul de tu vientre.

*

Preciosa tira el pandero
y corre sin detenerse.
El viento-hombrón la persigue
con una espada caliente.

Frunce su rumor el mar.
Los olivos palidecen.
Cantan las flautas de umbría
y el liso gong de la nieve.

¡Preciosa, corre, Preciosa,
que te coge el viento verde!
¡Preciosa, corre, Preciosa!
¡Míralo por dónde viene!
Sátiro de estrellas bajas
con sus lenguas relucientes.

*

Preciosa, llena de miedo,
entra en la casa que tiene,
más arriba de los pinos,
el cónsul de los ingleses.

Asustados por los gritos
tres carabineros vienen,
sus negras capas ceñidas
y los gorros en las sienes.

El inglés da a la gitana
un vaso de tibia leche,
y una copa de ginebra
que Preciosa no se bebe.

Y mientras cuenta, llorando,
su aventura a aquella gente,
en las tejas de pizarra
el viento, furioso, muerde.

Federico García Lorca

sábado, 28 de agosto de 2010

La rosa niña

Cristal, oro y rosa. Alba en Palestina.
Salen los tres reyes de adorar al rey,
flor de infancia llena de una luz divina
que humaniza y dora la mula y el buey.

Baltasar medita, mirando la estrella
que guía en la altura. Gaspar sueña en
la visión sagrada. Melchor ve en aquella
visión la llegada de un mágico bien.

Las cabalgaduras sacuden los cuellos
cubiertos de sedas y metales. Frío
matinal refresca belfos de camellos
húmedos de gracia, de azul y rocío.

Las meditaciones de la barba sabia
van acompasando los plumajes flavos,
los ágiles trotes de potros de Arabia
y las risas blancas de negros esclavos.

¿De dónde vinieron a la Epifanía?
¿De Persia? ¿De Egipto? ¿De la India? Es en vano
cavilar. Vinieron de la luz, del Día,
del Amor. Inútil pensar, Tertuliano.

El fin anunciaban de un gran cautiverio
y el advenimiento de un raro tesoro.
Traían un símbolo de triple misterio,
portando el incienso, la mirra y el oro.

En las cercanías de Belén se para
el cortejo. ¿A causa? A causa de que
una dulce niña de belleza rara
surge ante los magos, todo ensueño y fe.

¡Oh, reyes!, les dice. Yo soy una niña
que oyó a los vecinos pastores cantar,
y desde la próxima florida campiña
miró vuestro regio cortejo pasar.

Yo sé que ha nacido Jesús Nazareno,
que el mundo está lleno de gozo por El,
y que es tan rosado, tan lindo y tan bueno,
que hace al sol más sol, y a la miel más miel.

Aún no llega el día... ¿Dónde está el establo?
Prestadme la estrella para ir a Belén.
No tengáis cuidado que la apague el diablo,
con mis ojos puros la cuidaré bien.

Los magos quedaron silenciosos. Bella
de toda belleza, a Belén tornó
la estrella y la niña, llevada por ella
al establo, cuna de Jesús, entró.

Pero cuando estuvo junto a aquel infante,
en cuyas pupilas miró a Dios arder,
se quedó pasmada, pálido el semblante,
porque no tenía nada que ofrecer.

La Madre miraba a su niño lucero,
las dos bestias buenas daban su calor;
sonreía el santo viejo carpintero,
la niña estaba temblando de amor.

Allí había oro en cajas reales,
perfumes en frascos de hechura oriental,
incienso en copas de finos metales,
y quesos, y flores, y miel de panal.

Se puso rosada, rosada, rosada...
ante la mirada del niño Jesús.
(Felizmente que era su madrina un hada,
de Anatole France o el doctor Mardrús).

¡Qué dar a ese niño, qué dar sino ella!
¿Qué dar a ese tierno divino Señor?
Le hubiera ofrecido la mágica estrella,
la de Baltasar, Gaspar y Melchor...

Mas a los influjos del hada amorosa,
que supo el secreto de aquel corazón,
se fue convirtiendo poco a poco en rosa,
en rosa más bella que las de Sarón.

La metamorfosis fue santa aquel día
(la sombra lejana de Ovidio aplaudía),
pues la dulce niña ofreció al Señor,
que le agradecía y le sonreía,
en la melodía de la Epifanía,
su cuerpo hecho pétalos y su alma hecha olor.

Rubén Darío

miércoles, 25 de agosto de 2010

Un Sol

Mi corazón es como un dios sin lengua,
Mudo se está a la espera del milagro,
He amado mucho, todo amor fue magro,
Que todo amor lo conocí con mengua.

He amado hasta llorar, hasta morirme.
Amé hasta odiar, amé hasta la locura,
Pero yo espero algún amor natura
Capaz de renovarme y redimirme.

Amor que fructifique mi desierto
Y me haga brotar ramas sensitivas,
Soy una selva de raíces vivas,
Sólo el follaje suele estarse muerto.

¿En dónde está quien mi deseo alienta?
¿Me empobreció a sus ojos el ramaje?
Vulgar estorbo, pálido follaje
Distinto al tronco fiel que lo alimenta.

¿En dónde está el espíritu sombrío
De cuya opacidad brote la llama?
Ah, si mis mundos con su amor inflama
Yo seré incontenible como un río.

¿En dónde está el que con su amor me envuelva?
Ha de traer su gran verdad sabida...
Hielo y más hielo recogí en la vida:
Yo necesito un sol que me disuelva.

Alfonsina Storni

sábado, 21 de agosto de 2010

Pasión

¡Oh! No es, no, mi carne, la que sufre el martirio
Es mi alma, mi alma tan blanca como un lirio
A veces, y otras veces, como una brasa, roja,
La que sufre la angustia y toda se deshoja.

En lágrimas salobres con un gusto de hiel.
En lágrimas amargas que dejan en la piel
De mi rostro moreno, cual maléfico riesgo,
Un rastro calcinante como un surco de fuego.

Es mi alma, ¡mi alma!, que sufre la tortura
Y se exalta en extraña ansiedad de ternura
Lo mismo que su hermana Teresa de Jesús.

Es mi alma, ¡mi alma!, que desea una cruz
De amor grande y doliente, de pasión y martirio.
¡Mi alma roja y blanca, de rosal y de lirio!

Juana de Ibarbourou

viernes, 13 de agosto de 2010

Sonatina

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
(la princesa está pálida, la princesa está triste),
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

«Calla, calla, princesa" dice el hada madrina;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor.

Rubén Darío

jueves, 12 de agosto de 2010

Romance de la gotita de agua*

Pues, he aquí que una vez,
una gotita de agua
en lo profundo del mar
vivía con sus hermanas.

Era feliz la gotita...
libre y rápida bogaba
por los espacios inmensos
del mar de tranquilas aguas
trenzando rayos de sol
con blondas de espuma blanca.

¡Qué contenta se sentía,
pobre gotita de agua,
de ser humilde y pequeña,
de vivir allí olvidada
sin que nadie lo supiera,
sin que nadie lo notara!

Era feliz la gotita...
ni envidiosa ni envidiada,
sólo un deseo tenía,
sólo un anhelo expresaba...

En la calma de la noche
y al despertar la alborada
con su voz hecha murmullo
al Buen Dios así rezaba:
"Señor, que se cumpla en mí
siempre tu voluntad santa;
yo quiero lo que Tú quieras,
haz de mi cuanto te plazca"...
y escuchando esta oración,
Dios sonreía... y callaba.

Una tarde veraniega
durmióse la mar, cansada,
soñando que era un espejo
de fina y de bruñida plata,
un sol de fuego lanzaba
sus besos más ardorosos.

Era feliz la gotita
al sentirse así besada...
el sol, con tiernas caricias,
la atraía y elevaba
hacia él y, en un momento,
transformóla en nube blanda.

Se reía la gotita
al ver cuan alto volaba,
y, dichosa, repetía
su oración acostumbrada:
"Cúmplase, Señor, en mí
Siempre tu voluntad santa"...
al escucharla el Señor
se sonreía... y callaba.

Mas, llegado el crudo invierno
la humilde gota de agua,
estremecida de frío,
notó que se congelaba
y, dejando de ser nube,
fue copo de nieve blanca.

Era feliz la gotita
cuando, volando, tornaba
a la tierra, revestida
de túnica inmaculada
y en lo más alto de un monte
posaba su leve planta.

Al verse tan pura y bella
llena de gozo rezaba:
"Señor, que se cumpla en mí
Siempre tu voluntad santa"...
y allá, en lo alto del cielo
Dios sonreía... y callaba....

Y llegó la primavera
de mil galas ataviada;
al beso dulce del sol
fundióse la nieve blanca
que, en arroyo convertida,
saltando alegre cantaba
al descender de la altura
cual hilo de fina plata.

Era feliz la gotita...
¡cuánto reía y gozaba
cruzando prados y bosques
en su acelerada marcha!
y a su Dios esta oración
suavemente murmuraba:
"En el cielo y en el mar,
en el prado o la montaña,
sólo deseo, Señor,
cumplir tu voluntad santa"...
y Dios, al verla tan fiel,
se sonreía...y callaba...

Pero un día la gotita
contempló, aterrorizada,
la oscura boca de un túnel
que engullirla amenazaba,
trató de huir, mas en vano,
allí quedó encarcelada
en tenebrosa mazmorra
musitando en su desgracia
aquella misma oración
que antes, dichosa, rezaba:
"Señor, que se cumpla en mí
siempre tu voluntad santa...
en esta noche tan negra,
en esta noche tan larga
en que me encuentro perdida.
Tú sabes lo que me aguarda,
yo quiero lo que Tú quieras,
haz de mí cuanto te plazca"...
mirándola complacido
Dios sonreía... y callaba...

Pasaron días y noches
y pasaron las semanas,
pasaron, lentos, los meses
y la gota, aprisionada
en aquel túnel tan triste
iba avanzado en su marcha
y... fue feliz la gotita,
porque cuando a Dios oraba,
sentía una paz muy honda
y de sí misma olvidada,
vivía para cumplir
de Dios la voluntad santa.

Mas, he aquí que, de pronto,
quedó como deslumbrada,
había vuelto a la luz
y se encontró colocada
en una linda jarrita
que una monjita descalza
depositó con amor
sobre el ara consagrada.

Presa de dulce emoción
la pobre gota temblaba
diciendo : "Yo no soy digna
de vivir en esta casa,
que es la casa de mi Dios
y de sus esposas castas".
El Señor que la vio humilde
Sonreía... y se acercaba.

Empezó la Eucaristía,
la gotita que, admirada,
los ritos iba siguiendo,
sintió que la trasladaban
desde la bella jarrita
hasta la copa dorada
del cáliz de salvación
y, con el vino mezclada,
en puro arrobo de amor
repetía su plegaria:
"Señor que se cumpla en mí
siempre tu voluntad santa"...
y sonreía el Señor,
sonreía... y se acercaba...

Llegado ya el gran momento,
resonaron las palabras
más sublimes que en la tierra
pudieron ser pronunciadas,
y el altar se hizo Belén
en el Vino y la Hostia santa.
Y...¿qué fue de la gotita ?...
¡Feliz gotita de agua!...
Sintió el abrazo divino
que hacia Sí la arrebataba
mientras, por última vez
mansamente suspiraba:
"Señor, que se cumpla en mí
siempre tu voluntad santa"...
y, al escucharla su Dios
sonreía...y la besaba
con un beso tan ardiente
que el "Todo" absorbió a la "nada"
y en la sangre de Jesús
la dejó transubstanciada...

Esta es la pequeña historia
de una gotita de agua
que quiso siempre cumplir
de Dios la voluntad santa.

*por una Carmelita Descalza

viernes, 16 de julio de 2010

Relato del beso de San Francisco al leproso

Tardecita de la Umbría
en un mes de primavera
huele el viento a menta fresca,
a viñedos, a hojas nuevas,
a granados florecidos
y a rocío entre la hierba.

Por un camino musgoso
que hacia Asís directo lleva,
va Francisco Bernadone
de regreso de una fiesta,
silencioso, pensativo,
con su alazán de la rienda.

Gusta de andar, paso a paso,
en la penumbra creciente,
y una emoción nueva y pura,
entre su pecho se enciende,
como una rosa purpúrea,
que lo perfuma y lo hiere.

Tristeza que no se explica,
dulzura desconocida,
desgano de lo que era
hasta ese instante su vida,
entretejida de fiestas
y de mundana alegría.

Mozo gallardo es Francisco,
rico, elegante, lujoso,
galanteador de doncellas,
culto y fino como pocos.
¿Por qué ese hastío que llega
a morderle como un lobo?
¿Por qué tan joven ya siente
que sus caminos son otros?

Hace mucho que unas voces
entre sus sueños le hablan
con acentos misteriosos
que no precisan palabras,
y anda intranquilo Francisco
sin comprender qué le pasa.

Y esa tarde, tan inquieto,
que dejó temprano el baile,
va por la senda ya en sombras
pensando en cosas distantes.

Paso a paso va Francisco,
paso a paso su caballo,
y una dulzura sin nombre
desciende desde lo alto.
Paso a paso anda Francisco,
triste, intranquilo, callado.

De pronto, desde el ribazo
se alza una voz plañidera:
-¡Dadme, por Cristo, una ayuda
antes que de hambre me muera!

Sorprendido paró el mozo,
miró hacia abajo asombrado,
y vio una cara de monstruo
surgiendo junto al vallado.

Y una mano tumefacta,
terrible mano leprosa,
le interceptaba el camino
tendida hacia la limosna.

Hurgó bolsillos y cinto,
abrió la bolsa vacía,
en tanto la boca horrible
desesperada gemía:
-¡Ved, señor, cuanta miseria!
¡Qué interminable agonía!
¡Dios prueba a sus criaturas
en esta tierra de Umbría!

Ni una moneda quedaba
en la escarcela de seda.
Francisco cerró los ojos
pensando en otras monedas
de mayor valor que aquellas
con que pagaba sus fiestas.

Y de súbito inclinóse,
tomó entre sus manos finas
la enorme cara monstruosa
toda de llagas roída,
y un beso, signo celeste,
puso en su horrenda mejilla.

Dio el mendigo un alarido,
mezcla de sollozo y risa
de asombro y deslumbramiento
de gratitud y de dicha,
y palpándose extasiado
la mejilla carcomida,
gritó: -¡Señor, este beso,
Dios en su reino os lo pague!
sólo un divino elegido
limosna tal pudo darme.

Y del rostro de Francisco,
en la noche ya caída
una luz como de aurora
resplandeciente fluía,
en tanto un olor a nardos
por los aires se esparcía,
y un ángel, sin que él le viera,
en la sombra le seguía.

Continuó andando Francisco
sin saber lo que pasaba.
Era feliz como nunca
pensó que a serlo llegara.
¡Y sintió que en ese instante
toda su vida cambiaba!

San Francisco, San Francisco,
que diste un beso al leproso,
¡Cuán grande eres por ello!
¡Cómo eres bello y heroico!
¡Oh San Francisco de Asís,
dulce misericordioso!

Juana de Ibarbourou